Miami

Fui a Miami por primera vez un mes después del 11 de septiembre de 2001. Debido a lo ocurrido, había grandes promociones en pasajes y alojamiento. Me quedé por primera y última vez en el Marriot de Le Jeune Road con la 12va avenida, una dirección que por alguna razón no olvidé y que solía colocar en la tarjeta de inmigración cada vez que regresé, sin importar que no me quedaría allí.

Tenía 24 años y para el momento era mi primer viaje internacional por mi cuenta y la primera vez que me subía a un avión de adulto (de niño lo hice pero no tenía recuerdos de la experiencia). Un amigo me dijo que «no se sentía nada». Me acordé de su madre las tres horas del viaje. Quedé impactado al llegar tan rápidamente. Después de innumerables horas de TV, películas y sueños, resulta que América estaba prácticamente a un paso.

En Miami sentí por primera vez la opulencia del mundo «desarrollado». Se olía el dinero en el pavimento. Todo era como más nuevo, más claro, más grande, más coherente y agradable a la vista. Y por supuesto, muy limpio. Las manzanas eran amplias con extensos espacios de grama y muchos puestos de estacionamiento. El clima era fresco y estaba algo nublado. La ciudad, plana y muy bien cuidada. Calles anchas y autopistas por doquier, pero al mismo tiempo muy tranquila, casi vacacional, si se quiere. Enfilé directamente al downtown, ese sitio que tiene cada ciudad americana donde se concentran los edificios institucionales y los edificios más altos de la ciudad. Allí aspiraba encontrar buenos precios en las mercaderías (el motivo de mi viaje era comprar mercancía para revender en Venezuela) y fui visitante regular hasta que descubrí los mall y las tiendas como Brandsmart, Walmart y Target. Bajando un poco hacia el mar, hay un bonito aunque solitario parque llamado Bayfront Park. Todo el downtown es servido por un pequeño metro aéreo parecido al que instalaron recientemente en Petare.

La ciudad está dividida en 4 cuadrantes, NW, NE, SW y SE. Se divide de este a oeste por la Miami Avenue y de norte a sur por la calle Flager. Esta característica me hizo equivocarme en muchas ocasiones, porque puede haber una calle 72 o una avenida 72 en al menos 2 puntos cardinales, por lo que si no se está ducho en el sistema te puedes encontrar al otro lado de la ciudad sin querer. Por la naturaleza pantanosa del área, hay muchos canales y lagos de todos los tamaños en toda la ciudad. También hay continuos reportes de avistamientos de alligators (el caimán nativo), lagartos y serpientes debido a esto.

Miami, como casi todo Estados Unidos, es una ciudad que no se puede concebir sin vehículo. Las primeras 4 o 5 veces que fui utilizaba el limitado y lento sistema de transporte público, compuesto de rutas de autobuses que pasan cada media hora o una hora por las paradas y de una o dos líneas de metro que sirven más o menos de norte a sur ondulando por el este de la ciudad. Es muy poco común encontrar gente caminando por las limpias aceras. Creo que nunca me he sentido tan solo como cuando caminaba por Miami. En alguna ocasión caminé por el hombrillo de autopistas, sobre todo para moverme entre el Dolphin Mall y el International Mall. Quería ahorrarme un dólar y era como kilómetro y medio, pero me hacía sentir como Hobo el perro vagabundo. Esas son cosas que uno no debería olvidar nunca.

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